¡Por fín!
Aquí está el relato, pero como no tengo tiempo no puedo subirlo, así que lo copio xD.
Bueno, chao.
Introducción
-¿Entonces todo es culpa de ella?
-Sí. Lo supo todo desde el principio.
-Ya no recuerdo donde empezó todo esto.
-Yo sí- dijo Ana Belén-. Creo que todo comenzó el mismo día que llegué.
-¡Ah! Sí, es cierto- respondió-. Ya recuerdo.
Capítulo 1 – Un día normal.
Otro día más. Frío por la mañana y más tarde se acaloraría un poco. Todo igual que siempre. ¿Acaso no podría el tiempo ser más original? Pero ahí no acaba todo. Por la mañana iría al instituto y por la tarde se aburriría. ¡Que vida más monótona!, pensó, ¡Ojalá algo me hiciera cambiar de vida!
Salió de la cama y caminó casi temblando hasta el armario. Cogió unos vaqueros al azar y se puso una camiseta de media manga encima de otra que le cubriera todo el brazo. Sacó los zapatos de debajo de la cama y bajó al comedor.
-¿Quieres comer algo? ¿Una tostada?- dijo su madre.
-No, ya me compraré algo- respondió.
-Pues yo no te doy más dinero, que todo te lo gastas en tabaco- le reprendió su madre.
¿Para que discutir?, pensó, esta conversación ya me la conozco. Agarró una sudadera de la percha del salón y salió a la calle.
Su casa desde fuera parecía grande. Y era grande. Calculó unos doscientos cincuenta metros cuadrados incluyendo el patio. Pero claro, nunca se le habían dado bien las distancias. Un salón, la oficina, el comedor, la cocina, un cuarto para trastos y el cuarto de baño en la planta de abajo. La planta de arriba era más pequeña ya que no ocupaba la misma superficie. Tres dormitorios y un cuarto de baño.
-Algún día me iré de aquí para estudiar- susurró, aunque sin convicción.
Se colocó los auriculares del mp3 que había cogido antes de salir, seleccionó una de las pocas canciones lentas de System of a Down y caminó hasta la parada del autobús. No había nadie. Extraño, siempre solía estar allí un hombre de veintitantos años que no conocía y con el que nunca había hablado. Levantó la muñeca y miro el reloj. Las siete y media.
Me he adelantado veinte minutos, pensó, esto no es normal. Por el fondo de la calle se veía venir al mencionado extraño.
¿Qué hago ahora? Me voy a aburrir esperando, hasta menos diez no viene el autobús, cavilaba mientras se encendía, sin pensar en ello, un cigarro. Dio dos caladas y buscó una panadería.
-Hola, buenos días- saludó doblemente la que supuso que era la dueña de la panadería.
-Me llevo esto- dijo depositando una lata de bebida energética y el importe exacto de ella.
-Gracias- le sonrió la dependienta.
-Hasta luego- dijo pensando en si tenía intención de volver. No era uno de sus lugares de compra habituales.
Volvió a la parada acabando el cigarro y bebiendo. Mientras se alejaba de la tienda volvió al ya típico pensamiento de la hipocresía. Esa dependienta, con la que no tenía nada en contra, le había revuelto de nuevo esos pensamientos. ¿Por qué me sonrió? No por la compra. Eso está claro. ¿Porque le gusto? Descartado, sobrepasa los veinticinco años. Supongo que será el deber de intentar que vuelva. Debe ser eso, que quiere que vuelva. Claro.
Hipocresía.
Escuchó el autobús. Miró y vio que no se había equivocado. Pagó y se sentó. Un día más de instituto.
Ya en casa, saludó a su madre y se sentó en la mesa. Patatas fritas con filete de pollo: Típico. Le gustaba esa comida pero quería cambiar. La cuestión era que no quería probar cosas nuevas.
Comió y subió a su cuarto. Una vez sintió un reconfortante escalofrío al volver allí. Allí transcurría su vida cuando no estaba en la calle. ¿La tele? Algo secundario, además por la tarde no echaban nada interesante. ¿Amigos? Claro, si es que se pueden llamar así, pero sólo salía a buscarlos de vez en cuando y viceversa. ¿Consolas u ordenador? No, ya se aburría de los juegos y no tenía Internet donde investigar lo que sea.
No, su vida transcurría en esa pequeña habitación. Agarró un libro que ya había leído y se tumbó en la cama. A leer. La única afición que había sobrevivido al transcurrir del tiempo. Miró el título del libro, ya que lo había cogido sin mirar. Que poca prisa se da el amor. Un libro de adolescentes que suelen enviar de lectura obligatoria en el instituto pero le daba igual. Él lo había leído sin que le obligara nadie cuando aún estaba en segundo de ESO. Le gustaba su autor, Martín Casariego Córdoba, aunque no había leído ningún otro libro de él.
Abrió el libro por la mitad y comenzó a leer. Leyó los problemas amorosos de Alejandro y Maite y eso le hizo ponerse melancólico. Cuando acabó la tarde dejó de leer. ¿Cuándo me ocurrirá algo así a mí?, pensó, ¿Acaso este tipo de cosas sólo aparecen en los libros? Y si es cierto que existe un dios ¿Es el hecho de que no crea en él lo que me castiga de esta forma? De repente se puso a recordar su última experiencia de ese tipo. Su último “ligue”. No, pensó, yo no estaba enamorado de ella ni ella lo estaba de mí, sinó hubiera pensado en ella más a menudo. No pensaba en ella desde que lo dejamos, hace ya de eso ¿Cuatro meses? ¿Cinco?
La verdad es que no salía con nadie desde hace bastante tiempo, ni aun un rollo de una noche desde entonces. ¿Por qué? ¿Acaso yo no tengo el mismo derecho a enamorarme que los demás? Dios mátame, pensó. Entonces cayó en la cuenta de que él no creía en dios, que no estaba hablando con nadie. Como dice el guitarrista de System of a Down en una canción: “The most lonely day of my life”. Pues el día más solitario de toda mi vida son todos los días, pensó nuestro joven protagonista. Hoy en el instituto había escrito otro de sus breves artículos que no tratan sobre nada pero que le ayudan a llevar esta vida.
Cogió el paquete de tabaco, su Zippo original de gasolina, el mp3, las llaves, el móvil, la cartera y salió a la calle. Nublado, increíble. A pesar de estar en febrero no había llovido desde hacía mas de dos o tres semanas. Bueno, tampoco se iba a morir porque el gorro de su sudadera se mojara un poco. Cruzó una esquina y entró en una calle por la que solía coger, que él supiera, ningún familiar suyo y encendió un cigarro. En realidad, había salido exclusivamente para eso.
Puso la banda sonora de Moulin Rouge en el reproductor y siguió adelante. En su recorrido de dos cigarros recorrió la ya rutinaria ruta predeterminada por él hace tiempo y volvió a su casa. No tenía ganas de hablar con nadie.
Capítulo 2 – Llega ella. Odio.
Nuevo día, nueva vida ¡Y una mierda! Otra vez lo de siempre, cuesta levantarse de la cama, hace frío al salir de la ducha y el tiempo juega con la vestimenta de la gente. Nuestro protagonista, llega al instituto con el mismo pesimismo de siempre y ve allí a Gabriel, su mejor amigo.
-¿Que hay?- saludó Julián.
-¿No te has enterado?-dijo directamente Gabriel.
-¿De qué?- respondió con desgana.
-Están diciendo que hoy llega un alumno nuevo.
Perfecto, un gilipollas más, pensó Julián.
-¿Y?
-Nada tío, era para que lo supieras. Que luego dices que eres el último en enterarte.
Y era cierto, Julián solía quejarse de ser el último en enterarse de las cosas, pero no de este tipo de cosas, sino de asuntos “oficiales”. Excursiones, reuniones y ese tipo de cosas. Pero Julián no se quejaba ni protestaba de los alumnos, él no creía en rumores, se quejaba ante la tutora, el Jefe de estudios y el director. De los cuales ya se había ganado la antipatía de una y la simpatía de otros.
-Bueno, no pasa nada, perdona tío- dijo casi lamentándose de ser tan “borde”.
-Venga, que empieza la clase.
Ciertamente, sobre las doce y media el conserje del instituto llamó a la puerta de la clase, interrumpiendo la misma. Se hizo el silencio en la clase, que estaba expectativa ante la llegada de un nuevo compañero.
-Adelante- dijo Carmen, profesora de latín y griego.
-Buenos días, Carmen- dijo la conserje abriendo la puerta-. Traigo a la nueva alumna. Perdona la interrupción.
¿Tienen que traerla a clase? Pensó Julián, o es imbécil o es una niña de papá. La alumna nueva entró confiadamente en la clase ante la absorta miradas de todos, o casi todos. Gabriel estaba más interesado en algo que ocurría fuera y miraba por la ventana, Julián tras un vistazo general se puso a hacer un Sudoku.
-Hola, me llamo Ana Belén- oía Julián sin mirar- y tengo diecisiete años.
-Venga, pues siéntate- dijo la profesora.
Julián alarmado levantó la cabeza. ¡No! Se dirigía al asiento de su lado. A Julián le gustaba sentarse ahí porque a su derecha tenía a Gabriel, al lado de la ventana, y a su izquierda un asiento y una mesa libre en donde colocaba la maleta cómodamente. Pero a segunda hora habían venido unos alumnos de primero de tecnología y se habían llevado unas cuantas sillas y mesas por que les faltaban y ahora el único sitio libre era el que estaba al lado de Julián ¡Mierda!
-Hola- le susurró Ana Belén, pues la profesora ya había reanudado la clase.
-¿Qué hay?- dijo secamente Julián.
-¿Cómo?- dijo ella.
-¿Qué?- ya me está rayando, pensó Julián.
-¿Qué has dicho?- preguntó Ana Belén.
-He dicho: ¿Qué hay?- dijo Julián enfáticamente. Ya estaba enfadado.
-¿Dónde?- respondió ella sin comprender.
-Oye, déjame- dijo Julián con mal humor-. Déjame escuchar.
-Vale- dijo ella sin comprender nada. Se sorprendió aún más cuando vio a Julián bajar la vista hacia el Sudoku. La profesora, que había oído murmullos entre Julián y Ana Belén, había sido tolerante por ser ella una chica nueva en una clase desconocida. Pero al fijarse bien, vio la revista que tenía Julián escondida a medias.
Julián con la vista bajada hacia la revista donde venían los Sudokus no vio venir a la profesora, pero Ana Belén sí. Le dio con el pie en la espinilla, a lo que Julián respondió con una fulminante mirada de odio.
-Julián… -empezó la profesora.
-¡Coño!- se sorprendió Julián. Subió la mirada hacia la profesora y vio la sonrisa plantada en su cara. Bueno, pensó, es Carmen, no me llevo mal con ella. Y los exámenes están aprobados así que no soy un mal alumno para ella.
Bajó la mirada de nuevo a la revista y luego miró a Ana Belén que le devolvía una sonrisa inocente. Julián miró a su amigo pero este estaba en otro mundo, interesado en algo que había fuera.
-Bueno- comenzó Carmen-, cuando ya veas tu entorno me podrás decir que haces en clase con una revista de estas de matemáticas.
-Sudoku- dijo Julián.
-¿Sabes hacer sudokus?- interrumpió Ana Belén la conversación.
-Sí- respondió malhumorado.
-¡Julián!- exclamó Carmen.
Toda la clase, pendiente de todo, permanecía en silencio.
-¿Me va a echar de clase?- preguntó Julián.
-Pues no tenía intención, pero me estás interrumpiendo la clase y ahora me lo estoy pensando.
-Te ayudo, me voy- dijo Julián recogiendo las cosas. La clase permaneció en silencio, por lo que oyó como Julián le decía a Ana Belén:
-Espero que estés contenta.
Y salió de la clase. Se dirigió a la puerta del instituto. Legalmente no podía salir hasta cumplir los dieciocho, cosa para la que aún quedaban meses, pero hacia ya casi un año que la gente le echaba veintiún años, siempre y cuando no se afeitara en tres o cuatro días.
Llamó al telefonillo y le abrieron la puerta. Salió del instituto justo a tiempo para oír:
-¡Espera!- llamaban. ¡Coño! Pensó, esa voz.
-¿Qué?- dijo ya desde fuera del instituto-. ¿Y que haces fuera de clase?
-Entre clase y clase- respondió Ana Belén-. Oye, perdona, se lo expliqué a la profesora y ya está, no ha pasado nada.
-¿Qué creías que iba a pasar? No me van a expulsar del instituto por esa tontería.
-Bueno, no sé, sólo intento que no te enfades conmigo. Eres la primera persona de la clase con la que hablo y no quiero empezar mal.
-No me compares, por favor- dijo con asco.
-¿Acaso eres diferente?- dijo con una sonrisa extraña.
-No soy estúpido, ni superdotado, si es que te refieres a eso- dijo de mala leche.
-Ahm
¡Y se desilusiona! ¡Qué tía!
Julián estaba perplejo, que muchacha más rara. Casi como él, pero más alegre, no tan pesimista.
Te odio.
-Me largo- se despidió, y comenzó a andar hacia la parada de autobús.
-¿¡No entras en informática!?- le grito Ana Belén.
-¡No!- respondió- me has amargado el día.
Y él se fue tan tranquilo.
Y ella se quedo sonriendo feliz en la puerta.
Capítulo 3 – Conversaciones con los dioses.
Llegó a su casa a las dos, una hora antes de la habitual. Abrió la puerta y llamó:
-¿¡Hay alguien!?
Silencio, perfecto. Así podría poner música al volumen que quisiera sin que hubiera quejas. Sobre la música, por el volumen sólo se quejaban sus padres pues su hermano mayor, estudiando en otra ciudad, cuando estaba aquí ponía la música más alta que él, y los vecinos nunca habían venido a quejarse, pero le daba igual. Odiaba a sus vecinos, aunque solo por el hecho de tener que saludarlos al pasar por su calle. No era nada personal.
Soltó la maleta y se adentró en el comedor, donde estaba situado el equipo de música, y puso en él el CD de Albertucho “Que se callen los profetas”. Uno de los pocos CDs que tenía originales, ya que antes de comprar ningún disco lo escuchaba, si le gustaba se lo compraba original. Puede que no fuera pobre, pero tampoco estaba la cosa comprar discos todos los días. Putos ladrones, pensó, la cantidad de impuestos que le ponen a la cultura. A los CDs impuestos por artículos de lujo y encima los de los ladrones de la SGAE, los libros por lo visto también son artículos de lujo ¡Como las compresas! Menos mal que él no necesitaba eso último. Sonrió, mientras tanto Alberto cantaba a todo volumen por dos altavoces de 70W la canción “El pisito”.
Se dirigió a la cocina y en la nevera se encontró en un folio sujetado por un imán: “Julianillo no vuelvo hasta las ocho”. ¿Cuantas veces le habré dicho que no me llame así? Sacó la cartera. Tres euros y medio. ¡Puta sea! Eso para tabaco, me tendré que preparar algo. El problema radicaba en que apenas sabía cocinar, unas salchichas y como mucho unas patatas ocupaban todo su repertorio culinario.
¿Y si llamo a Gabriel? Pensó, el sabe cocinar. Que coma aquí conmigo. No. No puede, él aún está en el instituto. Cogió una manzana y subió a su cuarto. En la puerta había un cartel que tenía escrito en grande y con letra extravagante: All you need is love. Lo colgó él poco después de ver Moulin Rouge. Cogió un libro y se adentró en él.
Suena el timbre ¿Quién podrá ser? Su madre no llegaba hasta las ocho, solo serían las seis y media como mucho. Al abrir la puerta encontró a dos personajes cada uno con el brazo echado encima del otro y sonriendo:
-¡Hola!- dijo Gabriel.
-¿Qué hacéis?- preguntó Julián.
-Nos hemos enamorado, y como es muy temprano para beber, hacemos como que ya estamos borrachos- dijo Félix.
-Borrachos de amor- especificó Gabriel.
-¿De la nueva?- dijo Julián.
-De la señorita Ana Belén- dijo Félix.
-Pero si tú no la has visto. Tú no estás en el instituto.
-No hace falta verla, el corazón tiene ojos que todo lo ven.
-¿Para que le has dicho nada?- le dijo Julián a Gabriel.
-Me aburría y para una vez que hay una novedad… ¿Hay alguien?
-No- negó Julián.
-Pues dame agua- dijo Gabriel entrando confiadamente en la casa y adentrándose hasta la cocina.
-A mí también- dijo Félix imitando a Gabriel. Julián cerró la puerta y los siguió.
-¿Qué queréis?- dijo Julián-, aparte de agua.
-Que salgas a la calle y colabores en la conversación que vamos a tener sobre Ana Belén- dijo Gabriel-. Hablar con este que no la ha visto no tendría sentido. Además, tú la deberías conocer mejor que yo.
Así son las cosas, si llega alguien o algo nuevo no se para de hablar de él durante días. Al menos así rompemos la rutina.
-Está bien, vamos- dijo cogiendo un chándal abierto. Salieron a la calle y acabaron sentados en un banco de un parque algo alejado, bastante frecuentado por ellos.
-Bueno, cuenta- dijo Félix-. ¿Por qué dijo antes Gabriel que tú la deberías conocer mejor que él?
Julián fulminó a Gabriel con la mirada.
-Porque ellos dos han protagonizado una escena en clase de latín- dijo Gabriel finalmente.
-¡Qué sabrás tú! Si estabas todo el rato mirando por la ventana- respondió Julián.
-Veo que sigues confiado de conocimientos. Recuerda que la profesora sabe más que tú- dijo Félix.
-Sabrá más de latín, pero no de otras cosas. Mis conocimientos son útiles- como siempre ambos amigos se lo tomaron a broma.
-Lo que tú digas, pero cuenta.
-Bien, imagina por un momento -pidió Julián-, si es que tu escasa inteligencia te lo permite, que te has llevado toda tu vida intentando hacer una pila de cartas, una torre. Bueno, imagina eso, ahora imagina también que viene una ráfaga de viento, y después de llevarte toda tu vida para conseguirlo, el viento lo manda todo a la mierda. Ella es el viento.
-A ver si lo entiendo- dijo Gabriel-, tú te has creado un mundo, te ha llevado toda tu vida intentar definirte como persona, ¿Y en un momento ella lo ha destruido todo?
La primera vez comprende uno de mis ejemplos. Pero no lo ha entendido bien.
-No, no era un buen ejemplo- reconoció Julián-. Quería decir que yo tengo una cantidad de barreras a mi alrededor para pasar de la gente y evitar así relacionarme con ellos. Y ella se ha empeñado, a pesar de mi continua antipatía hacía ella que le muestro descaradamente. No recuerdo si le he dicho ya que la odio, pero vamos, que no me importaría decírselo- concluyó. Se saco el paquete de Chesterfield y el Zippo, se encendió un cigarro, guardó el paquete de tabaco y se quedó con el Zippo en la mano, jugueteando con él, abriéndolo y cerrándolo.
-Entiendo- dijo Félix-. Total, que no te cae bien.
-Algo así- dijo Julián aceptando la ironía.
-Pues seré yo quien vea desde tercera persona el transcurrir de la historia- dijo Gabriel sonriendo.
-En estos momentos me arrepiento de haberme apartado de los estudios- le siguió la burla Félix.
-Y yo de teneros como amigos, cabrones.
A partir de ahí la charla continuó por asuntos triviales de poco interés común.
Capítulo 4 – Ingenio.
Llegó al instituto a las ocho y diez, con veinte minutos de adelante. Había ido en bicicleta pues no tenía ganas de usar el transporte público. Se quitó los cascos sin desconectar ni pausar el mp3. Miró alrededor y sólo vio a cuatro gatos madrugadores “y con caras de empollones”, pensó. Metió la bici en el instituto, en el departamento de gimnasia y le puso el candado. ¿Para qué? Pensó. Salió de nuevo del instituto y cigarro en mano se dirigió al bar más cercano.
-Hola- dijo Julián al camarero en la barra- ¿Tiene el algún diario local?
-Tenemos El País- le respondió extrañado el camarero- al final de la barra, detrás del grifo de cerveza- se lo señaló con la cabeza mientras seguía limpiando vasos.
-Gracias- contestó Julián- póngame una cerveza cuando pueda.
-Marchando.
Julián agarró el periódico y se sentó en una mesa, se fijó que no tenía cenicero, se levantó a por uno a la barra y se encendió otro cigarro. Se sentó, abrió el periódico y vio que el camarero se acercaba con la cerveza:
-Tenemos el As y el Marca si le interesa- le dijo mientras ponía la cerveza en la mesa.
–No, gracias- negó Julián- no me gusta el deporte.
El camarero se alejó de la mesa con expresión de incredulidad. Julián comenzó a ver titulares de artículos. Algún día yo escribiré uno de estos, pensó. ¿Y quién lo leería? En su clase nadie leía el periódico, al menos que él supiera. Supuso que de ahí vendría la cara de incredulidad del camarero. Pasaba las páginas del periódico pensando en esto, sin leer. Levantó la cabeza para buscar el cenicero para echar la ceniza y vio por la ventana como se acercaba una persona ya conocida.
-Dios no- murmuró- no puede ser. Tiene que vivir por aquí cerca, o eso o se viene antes por alguna razón de peso que yo no conozca.
Entró por la puerta sin mirar alrededor, con la vista al frente. Por lo menos tiene un poco de dignidad, pensó Julián. Ana Belén se dirigió a la barra y el camarero la miró de soslayo:
-¿Si?- le dijo.
-Ponme un café con leche.
¡Qué no me vea! ¡Qué no me vea!
-¡Hola! ¡Qué casualidad! ¿Qué haces aquí?- dijo Ana Belén mientras acercaba una silla y se sentaba en la mesa de Julián.
Tenía que haberme puesto en la barra, pensó el joven adolescente.
Julián levantó el periódico como única respuesta.
-Ya veo.
Julián se centró en el periódico y no le presto la menor atención. Ana Belén sacó una agenda y miró el horario.
-Ahora tenemos lengua- dijo.
-¿Tú vas a entrar?- preguntó Julián, diciendo así sus primeras palabras con ella.
-Claro ¿Tú no?
-Estoy pensándolo- respondió sinceramente.
-Si no vas a entrar ¿Para qué has venido?
-No recordaba que estabas tú de por medio.
-¿Todavía estás enfadado por lo de ayer?- se extrañó.
Hay que reconocer que es guapa, por lo menos cuando pone esa cara, pensó Julián, pero no bajemos la guardia.
-Me echaron de clase- dijo agriamente.
-Te fuiste tú, si no recuerdo mal- dijo Ana Belén sonriendo con picardía.
-¿Ya tienes tanta confianza con toda la clase?- Julián estaba ya harto de ella- ¿No tienes un límite o algo?
-Claro que sí. Sólo tengo esta confianza contigo- y puso cara de angelito. De repente su expresión cambió por completo- la verdad es que cuando te fuiste casi nadie quiso hablar conmigo. Parece que la clase me echó la culpa a mí de que te echaran de clase.
-¡Vaya!- Julián hacía gestos dramáticos y enfáticos- ¡Por fin la masa dócil tiene la razón por una vez!
Ana Belén observó como volaba el periódico en manos de Julián.
-¿Tú también lo piensas?- preguntó con tristeza.
¡Pero dadle un Oscar!
-Sí- dijo sin darle importancia. Volvió la mirada al periódico. A esto le siguió un rato de un silencio agradable para Julián e incomodo para Ana Belén. Julián, al ver la expresión de ella, bajó el periódico, lo cerró y lo dejó en la mesa. Iba a tener que dar un monólogo.
-Vamos a ver- comenzó- ¿De que te quejas? ¿De que no tienes amigos? ¿Y que esperabas? ¿Qué todo el mundo te abriera los brazos?
-Pero…- intentó decir Ana Belén.
-No me interrumpas, no necesito respuesta- dijo Julián sonriendo, cosa que no hacía desde hace mucho-. ¿Quieres tener amigas? ¿Por qué? ¿No tienes amigas allá donde sea que tú vivas? Si lo que quieres hacer es caer bien a la clase, da tiempo, no apresures las cosas. Todo lo cura el tiempo- casi todo, pensó para si- ¡Ah! Y una última cosa,- agregó- no has escogido bien. No soy alguien sociable. La próxima vez, intenta escoger mejor a quien quieres que sean tus amigos.
A lo lejos se escuchó el timbre del instituto.
-Vamos, anda- dijo Julián y, sonriendo, añadió- e invítame, ya que no me dejas en paz.
Ana Belén soltó dos carcajadas y dijo:
-Está bien, yo pago.
Llegaron al instituto y se encontraron a los compañeros de clase en la puerta. Gabriel olvidó la charla que mantenía con Miguel, otro compañero de clase, en cuanto vio a Julián acompañado por Ana Belén:
-Tío, te dejo- le dijo. Se acercó a la pareja que permanecía junto a la puerta, Ana Belén de pie nerviosa, sin saber que decir ni hacer y Julián sentado, apoyado en la pared y mirando el cielo. Julián miró a Gabriel, que se acercaba con una sonrisa en la boca.
-Hola, pareja- les dijo.
¡Tierra trágame!
-¿Pareja?- lo miró sorprendida Ana Belén.
-No le hagas caso- dijo Julián casi para sí mismo.
-¿Y por qué no? Si puede saberse- dijo el acusado.
Julián se negó a responder. Ana Belén miró a Julián y sonrió.
-Oye- le dijo a Gabriel-, no recuerdo tu nombre.
-Gabriel. Tú Ana Belén ¿No?
-Si- dijo, y le cogió del brazo. Julián se vio sorprendido por esto, y rápidamente le buscó una explicación: Pretende darme celos, pensó egoístamente, o eso, o es una profesional. Se le escapó una sonrisa a Julián que malinterpretó Ana Belén-. Oye, preséntame al resto de la clase.
-Después- dijo Gabriel, sonrojado de repente-, tenemos que entrar en clase.
Es cierto, pensó Julián. Se levantó y se puso los auriculares.
Capítulo 5 – Más odio.
¡Hay que ver lo rápido que se han hecho amigos!
Julián había observado, con un recelo no admitido, como Ana Belén y Gabriel habían intimado con suma facilidad. En la media hora de recreo Gabriel se fue con Ana Belén hacia fuera del instituto para ir al bar al que solía ir Julián a leer el periódico.
¡También voy a tener que soportarlos ahí! Julián estaba harto ¡si se están haciendo carantoñas!
-Podríais enrollaros ya ¡Eh!- dijo Julián. Ana Belén sonreía con picardía.
-Tú me dijiste que escogiera amigos más sociables.
-Pero no que me lo tuvieras que demostrar- respondió-. Puedes llevártelo al bar de al lado.
-No, me gusta este.
Gabriel no decía ni mu.
-Pues aquí SI se puede fumar- dijo mientras se encendía un cigarro. ¡A ver si así se van!
-Pues perfecto- dijo ella mientras sacaba dos y le daba uno a Gabriel.
¡Bendita soledad! ¿No te das cuenta de que te estoy buscando? ¡Soledad te necesito!
-¿Por qué no quedamos esta tarde?- propuso ella.
-No sé- titubeó Gabriel.
¡Perfecto! ¡Di que no, Gabriel!
-Venga, si me he enterado que no hay exámenes hasta dentro de una semana. No tenéis nada que hacer.
-Gabriel, yo he quedado con Félix para esta tarde- mintió Julián-. Pensaba que ibas a venir.
-No lo sabía ¿A dónde hay que ir?- respondió el titubeante amigo.
-No sé, a dar una vuelta.
-Venga, si no teníais nada decidido- se jugó Ana Belén-. Quedemos en el centro, y traeros a vuestro amigo.
-Eso lo soluciona todo Julián- dijo Gabriel.
¿Es que no te das cuenta de que no quiero ir? ¡Ella ya se ha dado cuenta! Si insiste sólo por eso. Julián estaba ya sin excusas. No sabía que decir.
-Venga, si estás deseando- dijo Ana Belén con malicia.
-No. No voy.
-Vamos- dijo Gabriel-, es hora de ir a clase.
Un libro nuevo. Se lo había comprado antes de ir al instituto. Su autor era desconocido para él, y era inglés. Había descubierto un escritor de literatura fantástica inglesa. Creía que ya los conocía todos. Estaba bastante bien, pero llevaba ya tres horas leyendo. Se levantó de la cama con sueño. Bajó a la cocina, se agenció una lata de refresco y subió a su cuarto de nuevo. Suena el timbre.
No hay ganas de salir.
-¡Venga tío!- insiste Gabriel.
-Si quieres enrollarte con ella ¿Para qué me necesitas? Ve tú.
-¿Qué? ¿Qué yo qué? Oye, que de lo único de lo que hablamos es sobre ti.
Y han descubierto vida en Marte.
-Bueno, necesitabais un tema de conversación- dice Julián secamente-. Espero- añadió- que no le hayas contado nada sobre mí.
- Lo que es nada, nada…
Julián cruzó los brazos sin decir palabra.
-Nos hemos llevado todo el día hablando sobre ti- dijo Gabriel al final-. Algo se me habrá escapado.
-Yo te mato- amenazó Julián-. Pasa anda, me voy a poner los zapatos.
¡Por las lagrimas de Celestina! Ahora resulta que ella lo sabía todo sobre él. Bueno, todo… Gabriel no tiene ni idea de expresarse, así que él no creía que supiera mucho. Se puso los zapatos. Iba únicamente para saber que sabía ella sobre él, y para saber cosas sobre ella. Se quitó los zapatos y se vistió de nuevo: Vaqueros negros y camiseta negra. Debía de saber cosas sobre ella para defenderse. Se puso de nuevo los zapatos, negros, por supuesto. Conoce a tu enemigo y vencerás.
-¡Venga, tío!
Necesito conocerla.
-¡Date prisa!
Sólo para criticarla si fuera necesario.
-¡Coño!
No tenía ninguna intención ser amable.
-Por fin- dijo Gabriel mientras Julián bajaba las escaleras- ¿Por qué has tardado tanto?
-Buscaba dinero- respondió. Y era cierto. Había cogido veinte euros que tenía guardados por si alguna vez salía a tomarse algo. Hoy era alguna vez.
Y salieron en su busca.
-¿Dónde vive?- preguntó en el autobús.
-Cerca, a unos veinte minutos- dijo Gabriel-. No te preocupes, princesa, vas muy guapo.
Julián no sonrió. Apoyó el codo en la rodilla y se limitó a mirar por la ventana.
Capítulo 6 – Gemma.
Helena de Troya. La diosa Afrodita. Cleopatra de Egipto. Si sumásemos la belleza de todas ellas no serían capaz de superar de lo que tenía ante los ojos, al menos para Julián. Sus ojos verdes tenían un no-se-qué que cautivaba las miradas. Y habían cautivado a Julián. Julián antes de salir de su casa se había asegurado de llevar las gafas de sol encima ¡Y suerte de haberlo hecho! Así al menos disimulaba un poco. Su cabeza indicaba que miraba la mesa, o algo más allá, pero sus ojos no podían dejar de mirar a esa hermosa mujer, que era toda una mujer a ojos de Julián, que tenía delante.
-Ella es mi hermana Gemma- oyó Julián, como si la voz de Ana Belén le viniera de lejos-. Gemma, estos son Gabriel y Julián.
-¡Hola!- dijo alegremente.
-Hola- respondió Gabriel.
-¿Qué hay?- dijo Julián, y Ana Belén soltó una carcajada. Los tres miraron a Ana Belén, que se limitó a mirar a Julián riendo.
¿Qué le pasa a esta tía ahora?
Julián dejó de mirar a Gemma y miró a Ana Belén, pero dudó de que nadie se percatara pues sólo había girado la cabeza unos pocos grados, y las gafas impedían que nadie viera que miraba.
Ana Belén estaba radiante. Si a Julián le atrajera, no dudaría en emocionarse, pero no le atraía. Ana Belén llevaba unos vaqueros ajustados en lo zona de las caderas y una camiseta de larga manga con las mismas ensanchadas, que tenía escrito en la zona del pecho: No me mires las tetas. Cuando Ana Belén se volvió a buscar algo en una bolsa que traía, Julián se percató de que en la espalda la camiseta tenía escrito: Mírame el culo.
Ana Belén sacó de la bolsa una camiseta que tenía escrito: Dios existe, pero nos odia. Sonreía descaradamente con la camiseta en la mano, como si fuera un chiste.
Algún día le borraré esa sonrisa de la cara.
-Me gusta- dijo Gabriel.
¿Cómo no?
Julián llamó al camarero y pidió una cerveza.
-A mí un refresco de limón- dijo Gabriel, y le preguntó a Ana Belén- ¿Tú que quieres?
-¿Yo?- dijo Ana Belén- un zumo de naranja.
No me creo lo que voy a hacer.
-¿Te apetece algo?- le dijo Julián a Gemma.
Gabriel estaba asombrado. Era la primera vez que Julián le ofrecía algo alguien que no fuera él, Félix o alguno de los pocos más-que-colegas que tenían. Se dio cuenta de lo que pasaba.
-Otra cerveza- dijo Gemma.
La quiero ¿Para qué negarlo?
El camarero se fue y Gemma, Gabriel y Ana Belén charlaron sobre el motivo por el que se había cambiado de instituto. Julián se limitaba a mirar y escuchar.
-Sé que parecerá una estupidez- decía Ana Belén-, pero es porque el nivel del instituto en el que estaba antes era muy bajo. Si seguía allí no iba a ir bien preparada para selectividad. Así que me decidí por cambiarme de instituto.
-Pues yo no noto especialmente difícil este instituto- dijo Gabriel-, nadie me ha dicho que el suyo sea más fácil.
-Yo te lo digo- dijo Gemma-, en cuanto llegue a bachillerato me cambio a vuestro instituto.
-Ahora resulta que nuestro instituto es superdifícil- le dijo Gabriel a Julián sonriendo, y añadió: además, si ella viene a nuestro instituto eso aporta una nueva razón de vida.
-¿Súper?- se limitó a decir Julián-. No seas gay.
El camarero llegó en ese momento con las cervezas, el refresco y el zumo.
-Las bebidas- dijo mientras las ponía sobre la mesa.
Penoso, en el único caso en el que había acertado había sido con Julián que le había puesto la cerveza frente a él. A Gabriel le había puesto el zumo, a Gemma el refresco y a Ana Belén la otra cerveza.
Tengo cara de alcohólico, o peor, de borracho.
-¡Dios!- exclamó Ana Belén- ¿Me habrá visto cara de cervecera?
-Bienvenida al club- le dijo Julián con malicia. Ana Belén miró a Julián con sonrisa inocente.
-¡Venga! ¡Hasta luego!- decía a voz en alto Gemma desde lejos.
Los chicos observaron a las chicas que se alejaban. Gabriel esperó a que se alejaran lo suficiente para comentarle a Julián:
-Bueno ¿Qué te parece la hermana de Ana Belén?
-¿A que te refieres?- preguntó extrañado.
-Me refiero a los diversos detalles que has tenido con ella- dijo malhumorado por la poca sinceridad que le mostraba su amigo.
-¿Qué detalles, ni mierda?- Julián estaba furioso, de repente la idea de que alguien le gustase le repugnaba- Te tengo por amigo, y te pido que no vuelvas a sugerir nada por el estilo. Ni a Félix ni a nadie. Detalles, detalles- estaba muy furioso- ¡Lárgate a follar con tu Ana Belén y luego ven y dime que a mi me gusta alguien!
-Nadie ha dicho que a ti te guste nadie- Gabriel, que ya conocía los asaltos de furia de su amigo y sabía que se le pasaban en poco tiempo si no se lo molestaba, estaba sereno y hablaba con tranquilidad. Al contrario de Julián.
Julián decidió irse sólo. Sabía que Gabriel no iba a contradecirlo, que lo dejaría marchar en paz. Sacó el reproductor del bolsillo y se puso a cambiar de canción sin mirar donde pisaba.
De repente escuchó una frenada cerca de él y notó como sus pies se elevaban del suelo para acabar dolorido rodando por encima de un coche. Sin saber como había oído un crac y él supo que provenía de la pierna. Abrió los ojos y se dio cuenta de que estaba en el suelo.
Entonces notó el dolor. Y entonces le entró sueño.
Y entonces cerró los ojos y se preguntó donde estaría su reproductor.
Capítulo 7 – Dolor.
-Pobre- escuchaba voces provenientes de algún lugar cercano-, no se merecía esto.
¡Ah! ¿No?
Abrió los ojos.
-¡No estoy muerto!- intentó gritar, pero dudó de que se le entendiera. La garganta le quemaba y su voz sonaba ronca, como si llevara semanas sin beber agua.
No ocurrió nada ¿Lo habría soñado? No, debía de haber alguien cerca. Sólo veía el techo, le dolía demasiado la cabeza y no se quería arriesgar a un dolor aún mayor. El simple hecho de mover los ojos le dolía.
Tengo que hacer algo, no quiero estar sólo.
¡Sorprendente!
Giró la cabeza hacia la izquierda, y afinó el oído pero no oyó nada, sólo un único pitido que sonaba regularmente.
¿Ese es mi corazón? ¡Vaya mierda! En las películas suena con más intensidad.
¿Y si se desconectase el aparatito de los pitidos? Empezaba a molestarle. Intentó mover el brazo izquierdo, el más cercano al aparato. No pudo moverlo. Intentó mover el derecho. Si pudo. Levantó el brazo, pero con ese no llegaba al aparato. Apoyó el brazo en el pecho y notó algo.
¡Claro! Esto está conectado a mi corazón, a mi pecho.
Intentó levantar la cabeza para mirar pero no pudo. No le hacía falta de todos modos. Tenía el pecho descubierto. A base de esfuerzo y un aumento del ritmo cardiaco, que notó en el pitido, consiguió quitar uno de los cuatro cables colocados en su pecho.
Dolor. Mucho dolor.
Gritó. Consiguió gritar. Y eso hizo que le doliera su ardiente garganta, por lo que intentó gritar más, y le dolió más.
Y otra vez sobrevino la oscuridad.
Despertó. Abrió los ojos. Otra vez el techo ¿Dónde estaría?
Supongo que en un hospital.
Voces.
Estoy loco.
No, hay alguien más en la habitación. Miró a la derecha y al girar la cabeza –ahora le costó menos que antes- una de las personas que había en la habitación se dio cuenta de que había despertado.
-¡Julián!- gritó. Y acto seguido el resto de las personas, que le daban la espalda, se giraron a mirarlo.
-¡Julián!- gritaron dos a la vez.
Dolor. No gritéis. No gritéis mi nombre.
-¿Cómo estás?- preguntó alguien.
Estoy sin poder hablar, pensó. Reconoció a Gabriel, autor de la estupida pregunta. Debía de haber más personas en la habitación. No las vio hasta que se acercaron a la cama.
Estoy en una cama ¿Cómo he llegado a aquí?
Reconoció a las otras dos personas. Ana Belén y Gemma. Dios y Lucifer luchando por su alma.
No, no estoy muerto.
-Despierta a sus padres- le decía Gabriel a Ana Belén.
-No me atrevo- contestó ésta- ve tú.
Gabriel rodeó la cama pasando al lado de Ana Belén y Gemma y desapareció de la vista de Julián. Escuchó como Gabriel susurraba.
-¿Julián como estás?- preguntó Ana Belén mientras.
Pregunta estupida. Si mañana mismo me voy a hacer ala-delta.
Te odio.
Gemma hizo el amago de dirigirse a una silla que había junto a la cama, pero se detuvo cuando vio a los padres de Julián despertarse. La madre de Julián abrazó a su hijo y se detuvo cuando este gimió y gritó.
-¡Ay, hijo!- se disculpó-, perdona.
Dolor. Más dolor.
El padre de Julián abrazó a su señora por el hombro y se quedó mirando a Julián con una sonrisa.
Estoy sufriendo, no te rías.
Julián estaba molesto por ese gesto, pero comprendió que un padre fuera feliz cuando su hijo despierta tras un accidente.
Estoy harto de pensar, quiero hablar. Quiero estar solo. No es nada personal.
-Suuu… – su garganta debía de hervir comida ahora mismo- Suuu… Suuufrooo- tartamudeó con lentitud.
-¡Ay, mi niño!- exclamó su madre.
Debiera estar muerto.
De repente le entró sueño terriblemente. Tuvo el ánimo para mirar como una enfermera le inyectaba algo.
¿Será morfina? Me hubiera gustado saberlo.
Y se durmió.
Capítulo 8 – Un pitido permanente.
Despertó en una habitación diferente ¿Dónde estoy? Miró a la derecha y vio otra cama y a una mujer de avanzada edad inclinada sobre ella. Supuso que estaría cuidando de algún familiar suyo.
¿Dónde están los míos?
Intentó hablar:
-Oiga- dijo, y se sorprendió. La garganta ya no le quemaba. Podía hablar con facilidad.
Milagro.
La mujer se volvió y le miró sorprendida. Julián vio que había alguien en la cama. La conocía.
No. Veía visiones.
-Dime joven- dijo la mujer- ¿Quieres que vaya a buscar a tu madre?
-No, es igual- contestó Julián- pero gracias.
¿Para que la había llamado? Es igual. Intentó mover cada músculo de su cuerpo. Y lo consiguió, pero la pierna izquierda le dolía terriblemente.
-La enfermera dijo que no te movieras- le dijo la mujer.
-No se preocupe- contestó cordialmente Julián. Se sentó en la cama.
Dolor. La pierna.
Bajó la cabeza para mirarse la pierna, vio en el pecho otra vez esos cables y se los quitó.
Dolor.
La máquina empezó a soltar un agudo pitido permanente.
Me he muerto.
Rápidamente apareció una enfermera.
-¡No te quites eso!
-Con eso no me puedo ir a dar una vuelta- contestó Julián de mala gana.
-No te puedes mover o no se te soltará el hueso de la pierna.
Soy un trozo de metal.
Se tumbo en la cama y buscó en la mesa. No había nada. Por la puerta apareció Gabriel, Ana Belén, Félix, Gemma y una joven a la que no conocía. Se pusieron alrededor de la cama. Olían a tabaco, al menos, algunos de ellos. Sabía de donde venían.
¿Dónde están mis padres? ¿Quién es ella?
La pierna izquierda le dolía terriblemente. Se tumbó de nuevo en la cama y miró a Gabriel.
-¿Cómo te encuentras?- dijo Gabriel.
-Mal- contestó Julián-, me siento como si me hubiera atropellado un coche- y agregó-. Me duele terriblemente la pierna izquierda. Por cierto ¿Dónde están mis padres?
-Tu padre se ha ido al trabajo y tu madre también- contestó Gabriel-. El médico se lo recomendó, ya que estaban muy nerviosos, en especial tu madre.
Julián apoyó la cabeza con firmeza en la almohada y se quedó mirando a la desconocida.
-Ella es Sandra- dijo Félix cuando se percató- nos conocimos en el trabajo. Su hermano es compañero mío.
-Hola- dijo Sandra.
-¿Qué tal?- saludó Julián, cerró los ojos y agregó-. Me voy a dormir.
Se despertó.
Maldito techo, estoy harto de ti.
Miró alrededor y vio a Gemma y a Ana Belén en la habitación. Ana Belén sentada en un sillón y Gemma en el brazo del mismo. Miró a la izquierda y vio que la otra cama ya estaba vacía. Volvió a mirar a las dos y vio que Ana Belén estaba dormida.
-¿Por qué no usa la cama?- le preguntó Julián a Gemma.
-Por si la enfermera le dice algo o yo que sé- contestó-, es bastante tímida y se ruboriza con poco.
-¿Y por qué no la usas tú?
-Por lo mismo.
Ahora debería ser la ocasión, no estaban solos pero casi. Se estrujó la cabeza buscando conversación. No se le ocurrió nada. Nunca le había gustado conversar con la gente, y no se le ocurría nada ahora para empezar una conversación. Recurrió a un tópico:
-¿Qué hora es?
-Las seis menos veinte, o casi.
Silencio, turbación, conmoción y frustración. Todo por parte del pobre y mísero Julián.
-¿No preguntas por tu amigo?- dijo Gemma sonriendo con malicia.
Se nota que son hermanas.
-Pues no, lo que realmente me pregunto es ¿Cómo es que estáis aquí?- preguntó, y se arrepintió al momento.
-Oye si quieres nos vamos- dijo molesta.
Me está empezando a caer mal. Hay que evitar eso. O no.
-Haz lo que quieras, me voy a dormir de nuevo- dijo, cerró los ojos y pensó: El amor no es lo mío, las conversaciones no son lo mío, la sociedad no es lo mío. Me gusta dormir.
Capítulo 9 – Las cosas han cambiado.
Nuevo día, nueva vida ¡Y una mierda! Pero habrá que admitir que las cosas han cambiado un poco.
Ahora llevaba muletas.
Se sentó en la cama y desconectó el nuevo reproductor, mucho mejor que el antiguo, que le habían regalado sus padres mientras estaba en el hospital para que no se aburriera. Se puso con dificultad los vaqueros. Le apretaban en la zona de la escayola, lo que hacía muy incomodo llevarlos.
Bueno, no son de mis mejores pantalones.
Abrió un cajón de la mesita de noche y sacó unas tijeras. Ya le cortaría la otra pierna cuando llegara el verano. Metió el reproductor en el bolsillo, así como el móvil, la cartera y las llaves. Todo situado en la mesita, cerca de él. Agarró las muletas y empezó a bajar las escaleras con lentitud.
-¡Quieto!- ordenó su madre- Vuelve a tu cuarto y ponte los zapatos, no andes descalzo por casa.
De vuelta en el hogar.
Con los zapatos ya puestos, bajó las escaleras y se fue a la cocina. No estaba acostumbrado a llevar muletas y se cansaba con rapidez.
Ahora mi vida si que es una mierda.
Llaman a la puerta. Sabía quien era, así que se sentó en el sofá y no se molestó en avisar a nadie de que estaban llamando. Que espere un rato. No le iba a hacer daño.
-Julián, están llamando- dijo su madre dirigiéndose a la puerta.
¡Mierda! Se ha enterado.
-No, mamá, no lo he oído- contestó.
-Pasa Ana Belén- dijo su madre-. Está descansando en el sofá.
-¡Buenos días, Julián!- saludó alegremente.
-¡Que te pique un abejorro en el ojo!- contestó Julián. La madre de Julián, acostumbrada a lo que ella llamaba un juego de adolescentes, sonrió.
Pero lo que ella no sabía es que no era un juego. A Julián le avergonzaba y frustraba terriblemente el hecho de que Ana Belén se hubiera ofrecido voluntariamente, delante de Julián y sus padres, a llevarlo al instituto en su moto, ya que su casa le venía de camino. Julián se negó rotundamente con duras y tabúes palabras, pero su madre le reprochado que en muletas no podía ir hasta la parada de autobús cargando con la mochila del instituto. Y su madre había acabado aceptando por él.
-Vamos ¿O qué?- preguntó Ana Belén.
-Casi prefiero el o qué- dijo Julián levantándose con dificultad.
Llegaron al bar donde se vieron por segunda vez.
-Una cerveza- dijo Julián- venga, que te invito yo- se ofreció, ya que había cobrado unos días pendientes que le debían del salón recreativo. Julián solía trabajar allí por las tardes o los fines de semana cada vez que lo llamaban por que alguno de los empleados enfermaba o si necesitaban más empleados por la demanda. Trabajar le evitaba pensar. Y él no quería pensar.
-Gracias- contestó Ana Belén-, yo quiero un zumo… no, mejor otra cerveza- miró a Julián y sonrió. Éste no lo pudo evitar y le sonrió a su vez.
¡Mierda! Ahora creerá algo raro. No olvides que te odio.
Y era cierto, Julián seguía con su tesis odio-a-todo-el-mundo-y-todo-el-mundo-me-odia, pero a pesar de todo se sentía en la obligación de deberle algo, ya que le traía todos los días al instituto, y le llevaba a su casa. Julián se ofrecía siempre a ayudarla a lo que podía, pero muchas veces no lo hacía, aunque pudiera, por miedo a que ella considerara que él ya no le odiaba.
Pero también era cierto que Julián había descubierto en Ana Belén una persona con cerebro, y no el típico personaje que se deja llevar por las modas, como todo el mundo en su clase.
-¿Has escrito algo nuevo?-preguntó Ana Belén.
-Sí- dijo Julián sacando un cuaderno de la mochila- lo tengo aquí mismo- se lo pasó a Ana Belén y pidió el periódico.
Ambos se pusieron a leer.
Capítulo 10 – El gusto por escribir 01
La existencia de los dioses.
Puede que ustedes, mis así deseados escasos lectores, os hayáis preguntado sobre la existencia de un dios, o de varios.
¿Y si yo os dijera que conozco un dios? Uno que me habla, que existe y que puedo probarlo. La verdad, muchos me contestarían que no, que eso es imposible, otros, los monoteístas, me dirían que eso es blasfemia o herejía, que sólo existe un dios y es el que ellos conocen.
La verdad es que, incluso yo solo, podría mantener un debate bastante largo, sobre la existencia de dios o sobre su innegable utilidad. Pero no me entretendré en cosas obvias, seré breve.
Todo se reduce a la forma de definir la palabra “dios”.
Si definimos la palabra dios como ser sobrenatural con poderes absolutos, está claro que no se podría probar su existencia; la misma palabra sobre natural eleva cualquier cosa por encima de los instrumentos humanos, producidos todos con medios naturales.
Así que lo único que debo hacer es definir a dios, o a los dioses, como “Forma que tiene un ser humano de exteriorizar y simplificar sus principios y valores humanos para intentar ser utilizados con el fin de cambiar la actitud de un conjunto de personas.”
Esta forma tiene un concepto con el que estarían en desacuerdo todas la religiones, bueno, casi todas. Yo al menos, conozco una religión que no exige a sus fieles una estricta Fe en su dios, es más, la mayoría de los practicantes no cree en el Dios en cuestión, pero bueno, eso es ya otra historia.
Julián Corbella.
Capítulo 11 – Demostración de encanto.
-Julián- dijo Ana Belén cuando acabó de leer el artículo. Julián levantó la cabeza del periódico.
-¿Qué?- dijo con cansancio.
-Siempre escribes sobre lo mismo.
Yo la mato. Si sólo se lo he enseñado para que se calle y no me dé conversación.
-¿Y?- preguntó con sequedad.
-Nada, sólo te daba mi opinión.
¿Y a mí que coño me importa tu opinión?
-Bueno- dijo cansado- ya me la has dado- levantó el periódico dando por terminada la conversación. Se equivocaba.
-¿Por qué no pruebas a escribir sobre otras cosas?- preguntó Ana Belén, que estaba ya aburrida de tanto silencio.
-Seguramente porque no me interesan esas otras cosas, pero eso es sólo una teoría.
-Ah, ya veo ¿Por qué eres tan arisco?
Porque te odio, porque os odio, porque me odio.
-¿No deberías irte ya para el instituto?- respondió Julián con brusquedad.
-Es cierto- respondió Ana Belén, se levanto, agarró su mochila y se dirigió a la puerta-. Te espero en la puerta del instituto.
-Claro, claro- respondió Julián- yo me acabo esto y ahora voy.
Que fácil es deshacerse de ella.
Llegó al instituto con lentitud, sin prisas, y vio que Ana Belén estaba esperándole en la puerta, aun cuando hacía ya cinco minutos de la hora de entrada. Llegó a la puerta del instituto. Ana Belén le hacía gestos de se diera prisa:
-Venga, que ya vamos tarde.
Julián, en lugar de responder, se sentó en el bordillo de la carretera y se encendió un cigarro.
-¿Qué haces? ¡Qué vamos a llegar tarde!- le gritó Ana Belén.
Estoy consiguiendo que se desespere. Uno de mis sueños se está haciendo realidad.
-Entra tú- respondió Julián-. Yo necesito descansar.
Ana Belén agarró a Julián del brazo y empezó a tirar de él sin resultado. No tenía fuerzas para levantar setenta kilos. Julián observaba el rostro y el esfuerzo de Ana Belén con cara inexpresiva. No había conseguido moverlo ni un centímetro. Julián sintió pena ya por la cara de desilusión y de decepción de la joven.
¡No! Esa es su forma de manipular a la gente.
Julián ofrendaba a Ana Belén un odio especial por su habilidad por manipular a la gente. En menos de un mes ya le caía bien a toda la clase, excepto a él. Y parecía que por eso ella le dedicaba a él una especial atención. Por eso, o por su lesión. Pero el resultado era ese, y había ocurrido todo en el tiempo en que él había estado en el hospital.
Si hubiera estado aquí podría haberlo impedido, se ilusionaba Julián.
Julián acabó su cigarro y se levantó.
-¡Por fin!- exclamó Ana Belén.
Julián se limitó a mirar con cara de ornitorrinco a Ana Belén. Agarró sus muletas y se dirigió al instituto.
-Menudo broncazo que os ha echado- decía Gabriel-. Casi os echa de clase.
-Normal, si es que hemos llegado un cuarto de hora tarde- dijo Ana Belén- y todo por culpa de este- terminó Ana Belén culpando a Julián.
-Yo te dije que entraras tú, que yo tenía que descansar- Julián estaba tranquilo, al contrario que Ana Belén, Julián estaba acostumbrado a que le castigaran y que le cargaran con la culpa, y aunque la mayoría de las veces él no hacía nada malo, ya actuaba de la misma forma tuviera la culpa o no: Inexpresividad. Durante el sermón y después de él- pero me ha extrañado que no aceptara la excusa de la muleta.
-¿Y que esperabas? ¿Qué eso te iba a abrir todas las puerta?- dijo Ana Belén con sorna.
-Pues la verdad es que sí- la cara de Ana Belén era indescriptible-, pero supongo que he visto demasiadas películas americanas que echan a las cuatro de la tarde. En fin- suspiró- la culpa no es nuestra.
-Ah, ¿no?- se sorprendió Gabriel.
-La culpa es de las películas americanas- dijo Julián- pero como no pueden castigarlas, nos culpan a nosotros. Sólo hay que poner cara de arrepentimiento y ya está.
Julián miró a Ana Belén que le estaba mirando casi con la boca abierta.
-¿No te preocupa que llamen a tus padres?- preguntó Ana Belén sorprendida.
Ya he hablado demasiado, estoy harto de esta conversación.
-No- dijo secamente.
Ana Belén levantó los brazos un momento con gesto de incredulidad y se dirigió a la moto.
-¿De verdad no te importa?- le dijo Gabriel mientras Ana Belén no los oía.
-Un poco, pero no de forma trascendental- miró su ropa. Todo de negro excepto la escayola- ¡Mierda! Con la muleta mi figura no impone tanto como antes cuando doy monólogos.
-¿De verdad crees que imponías algo?
-¿No lo hacía?
-No
¡Mierda!
Capítulo 12 – Solo.
-Hasta mañana- dijo Ana Belén encendiendo de nuevo la moto mientras Julián se bajaba de ella.
-Eeeeh…- titubeó Julián.
-¿Qué ocurre?- preguntó Ana Belén.
-¿Me abres la puerta?- preguntó Julián con sonrisa inocente-. Es que con las muletas y la maleta en la espalda me cuesta y tengo que apoyar el pie en el suelo y me duele.
Ana Belén apagó la moto, se bajó de ella y abrió la puerta.
-Gracias
-No es nada.
Te estoy jodiendo, te estoy jodiendo,…
-Hasta mañana- dijo Julián.
-Venga, adiós- dijo Ana Belén encendiendo la moto por segunda vez.
-¿¡Qué!?- exclamó Julián radiante de felicidad- ¿Tres días?- Julián sólo podía pensar en música alta, películas de acción a todo volumen, inexistencias de horarios culinarios e incluso pensó la posibilidad de traer a sus amigos a beber y pasar la noche.
De repente cayó en la cuenta de que sus sueños de independencia se cumplirían por tres días y que no tenía en realidad grandes cosas pensadas. En realidad, sólo tenía una.
Botellón sin salir de casa. Increíble.
Cómo tenía la pierna escayolada no había salido con sus amigos por las noches. Sus padres no tenían ni idea de lo que pasaba por la cabeza de su hijo, pero eran previsores.
-Sí- decía su madre-, y tú te irás a casa de tu tía.
Sueños frustrados.
-¿¡Qué!?
-Sí.
-No.
-No puedes quedarte solo con la pierna escayolada- razonó su madre.
-Y yo no me fío de ti- agregó su padre.
-No me iré de mi casa- dijo Julián-. No haré nada inmoral, ni ilegal. Además- agregó con una sonrisa-, no podéis obligarme.
-¿Quieres probar?- preguntó su padre amenazadoramente.
-Está bien- dijo Julián sentándose en el sofá-, obligadme, pero en cuanto os vayáis vuelvo a aquí. Tengo llaves.
-Verás tú lo que… -protestó su padre, pero su mujer le interrumpió.
-Déjalo, le vendrá bien estar solo después del accidente.
¡Ah! ¿Sí?
-Del estúpido accidente, querrás decir- dijo su padre burlándose de Julián.
-No lo critiques- le reprendió su mujer.
El padre de Julián miró a su esposa con enfado pero se reprimió.
-¿Por qué os vais?
-De vacaciones- respondieron los dos al unísono.
-Ya…
Capítulo 13 –Odio supremo.
Se levantó de la cama con mala cara. Golpeó al despertador, que cayó al suelo y dejó de sonar al salirse la pila, y volvió a la cama.
Hoy no voy al instituto. Paso.
Se levantó de nuevo, con la misma mala cara, subió la persiana y volvió la cara ante la oleada de luz que le cegó.
-¡Me cago en tu puta…!- maldijo. Se puso unos vaqueros que tenía tirados encima de una silla y una camiseta negra de manga corta del armario que tenía en el pecho la bandera de la URSS. Bajó a la cocina y se echó un vaso de zumo. Vaya día. Se sentó en sofá y puso la tele.
No hay nada ¡Mierda! Me aburro, me voy al instituto.
Agarró las muletas y volvió a la cocina y vio un cartel fijado en la nevera que antes no había visto.
Julián volvemos en tres días, cierra bien las puertas cuando salga, vigila bien la casa, no metas a extraños en casa,…
Julián dejó de leer una sarta de normas y pasó directamente al siguiente párrafo.
Te hemos dejado filetes descongelando, para que te los comas hoy. Te quiere, tu madre.
Bueno, pues la comida de hoy ya no es problema. Agarró la mochila, la cartera, las llaves, el Zippo, el tabaco, el móvil y el reproductor. Salió de su casa y se dirigió lentamente hacia la parada de autobús.
-¡Felicidades!
¿Eh?
-¡Ostia, verdad! Felicidades, tío- dijo Gabriel.
-¿Qué coño pasa aquí?- preguntó Julián- dejad que me siente, que vengo cansado. Os recuerdo que llevo muletas.
Se sentó en su mesa, puso la mochila encima de la mesa y sacó la revista de Sudokus.
-¿Qué va a pasar? Pues que es tu cumpleaños- dijo Ana Belén. De repente, toda la clase, siempre atenta a los movimientos de Ana Belén, volvió la cabeza.
¡Oh, mierda!
-Felicidades, Julián- decía Richard.
-¿Cuántos cumples?- dijo Miriam.
-Mira el nota, se lo tenía callado el tío- dijo Cristina.
Julián no respondía, se limitaba a mirar a Ana Belén con tal mirada de odio, que por primera vez desde que este la conocía, ella tuvo que desviar la mirada con sentimiento de culpa. La clase seguía parloteándole aunque no respondiera:
-Felicidades- dijo Laura.
-Que cumplas muchos más- dijo Manuel.
Os odio.
-Vamos a tirarle de las orejas.
Julián, nada más oír esto, volvió la cabeza a gran velocidad y alargó el brazo hacia Gabriel, autor de la pregunta, señalándolo con el dedo índice.
-Atrévete- amenazó-, que te parto la muleta en la cara.
Gabriel sonreía con picardía y se pegó a Ana Belén para susurrarle algo al oído. Acto seguido Ana Belén se acercó a Richard para susurrarle algo a este. Julián alargó el brazo, agarró a Ana Belén y la atrajo hacia él, para amenazarla, pero se vio interrumpida por la misma.
-¿Me vas a besar?- preguntó Ana Belén con expresión que Julián no comprendió del todo.
-¿Qué?- respondió con asco- ¡Dios! ¡No!
Repulsión. Antes me torturo yo solo.
Julián se imaginó a si mismo haciéndose miles de pequeños cortes por todo el cuerpo. Tortura china. No pudo evitar sonreír. Ana Belén malinterpretó ese gesto.
Aquí ocurre algo raro. Esa lengua no es mía.
¡Odio!
Planes de asesinato.
Mierda.
Alaridos de animales provenientes del resto de la clase.
Más odio.
A la mierda mis barreras.
Necesito un arma.
¡No!
Aquí ocurre algo raro.
¿Sólo ha transcurrido un segundo?
Da igual, más odio.
Julián consiguió poner la muleta en el cuello de Ana Belén y así la obligó a separarse. En el momento en el que ella se separó le lanzó la misma muleta a Gabriel que se había limitado a sonreír como si ya supiera que esto iba a pasar.
Y yo he visto ese gesto.
Gabriel se echó a un lado, pero la inesperada muleta voladora le dio en la barriga.
-Eso por no avisar pedazo de cabrón- dijo con odio. Miró a Ana Belén- ¿Qué? ¿Ya eres feliz?
Necesito estar solo.
Ana Belén tenía la cabeza gacha, se sorprendió al ver que Julián le hablaba.
-¿Por qué no pides apoyo a la clase? Deja de mirar el suelo y mírame a los ojos.
Puede que esté exagerando.
-¿Por qué lo has hecho? ¡Deja de llorar! ¡Y lárgate de aquí!
No, me voy yo, necesito estar solo. Estoy cojo. Pero ya no me duele.
Julián agarró la muleta que Gabriel tenía en las manos. Gabriel el mudo. Julián el iracundo. Cogió la mochila y avanzó lentamente por el pasillo en dirección a su casa. Se encontró con Carmen, profesora de latín que se dirigía para darle clase a él y a sus compañeros:
-¡Julián! ¿Dónde vas? Tenemos clase.
-¿Y? Me voy a mi casa- contestó sin dejar de caminar.
-A este ritmo vas a suspender.
-Ya veremos como acaba todo.
-¿Qué?
Pero Julián ya no contestó.
Capítulo 14 - Soledad
¡Puta sea! ¿Por qué lo ha hecho?
Le gustas.
No ¿O sí?
Si, le gustas.
Pero estas cosas no se hacen así, uno se toma un tiempo y eso.
Te parece poco tiempo dos meses.
¡Qué me da igual lo que ella sienta! ¡Yo la odio!
Fue a verte al hospital.
Yo no se lo pedí. Bien podía haberse quedado en su casa.
Te alegraste de verla.
No, me alegré de ver a su hermana.
Ahora la odias.
Si. Se nota que son hermanas.
Pero a Ana Belén no la odias.
¿Cómo que no? Y aún más después de lo que ha hecho en la clase.
¿Qué ha hecho?
Me ha abochornado delante de todo el mundo.
¿Desde cuando te importa lo que piensen los demás de ti?
Te odio.
Tú odias a todo el mundo, y ahora resulta que te odias a ti mismo. Sin embargo, recuerda una cosa, te has quejado de que te ha abochornado, no de que te haya besado. Te ha gustado, admítelo.
No. Si… ¡Qué te den! ¡Esa no es la cuestión! ¡Y de todas formas no me ha gustado!
¿Y entonces por qué dudas? Te ha gustado, y es lógico, ya que Ana Belén te gusta. Hazme caso a mí, que yo lo sé.
Pareces un psicópata.
Es lo que eres.
¿Qué? Maldita soledad. Maldito sea el día en que te busqué.
¿Quieres decir todos los días de tu vida?
Te odio.
Lo sé.
Pobre Gabriel. Estará furioso conmigo, en realidad, él no tuvo culpa de nada.
Ya… Deja que te recuerde que le has tirado una muleta al estomago. De todos modos, está acostumbrado a tus ataques de ira, se le pasará.
¿Está enfadado conmigo?
Si no lo sabes tú ¿Cómo voy a saberlo yo? Yo sólo sé lo que tú te reprimes.
Y eso quiere decir qué…
Amas a Ana Belén.
¡Y una mierda!
Estoy harto de esta conversación ¿Hablamos de fútbol?
Ahora encima irónico ¿Por qué no pruebas a tirarte por un barranco?
Porque yo sólo controlo en subconsciente, sinó ya te habrías suicidado.
Te odio.
¿Eso es lo único que se te ocurre responder?
Se me ocurre algo más. Adiós.
Adiós.
Capítulo 15 – Cosas claras.
Suena el timbre. Miró el reloj y vio que tan sólo eran las cuatro ¿Quién llamaría a esa hora? Nadie sabía que él estaba solo. No le había dado tiempo de comentarlo en el instituto, antes del incidente.
Abrió la puerta.
Bofetada.
-¿Qué haces?- preguntó Julián. Su voz mostraba indignación pero su cara seguía inexpresiva.
-¿¡Qué le has hecho a mi hermana, maricón de mierda!?- con testó Gemma.
Julián no contestó. Se dio la vuelta y entró en el salón. Se sentó en el sofá y esperó a que Gemma entrara. Al menos eso esperaba él, que entrara.
Julián oyó como se cerraba la puerta, por lo que se acomodó para tener una extensa y airada charla con Gemma. Consiguió disimular su sorpresa y mantener la cara de inexpresividad mientras Gemma y Ana Belén cruzaban la puerta del salón.
-Sentaos- dijo tranquilamente-, supongo que esta conversación va a ser bastante larga. Por eso he entrado dentro. No es por descortesía, ni por desprecio, sino por comodidad.
Como me gusta dejar las cosas claras. Y aquí quiero dejar todo claro, en especial, lo que yo siento.
Gemma parecía haber expresado todo su discurso con la bofetada pues no decía nada. Ana Belén miraba el suelo. Ni una palabra por parte de nadie.
Voy a tener que romper el hielo.
-¿Por qué lo hiciste?- le preguntó Julián a Ana Belén.
Ana Belén no contestó.
-Vamos progresando ¿Por qué ha venido ella?- dijo señalando a Gemma.
Prolongado silencio.
-No me atrevía a decírtelo yo- dijo al fin.
-¿El qué?
Silencio.
-Seguimos mejorando- comentó Julián-. Y tú, Gemma ¿Por qué crees que has venido?
¿Me darán la misma respuesta?
-Para decirte que Ana Belén te quiere.
Qué directa ha sido.
-¿Qué se supone que tengo que decir yo ahora? No tengo experiencia en este tipo de conversaciones.
-¿¡Cómo que qué tienes que decir!? Pídele que salga contigo.
¿Cómo?
Ana Belén levantó la cabeza.
-¿Qué?- dijo.
-¿No?- se extrañó Gemma.
-No.
Bonita conversación.
Julián sacó un cigarro y buscó un cenicero con la mirada. Vio uno al lado de la televisión. Demasiado lejos ¿Qué hacer?
-¿Entonces?- continuó Gemma una conversación en la que Julián ya no era necesario de forma directa.
-¿Cómo que entonces? ¿Para qué lo sueltas de sopetón?- le reprendió su hermana.
-Esto…- empezó Julián con intención de pedir el cenicero. Fue interrumpido por Ana Belén, que continuaba su reprimenda contra su hermana:
-¿Y por qué querías venir? ¿Por qué has abofeteado a Julián?- dijo señalándolo.
-Yo sólo quiero el cenicero- comentó en voz baja Julián inocentemente. Nadie le hizo caso, ni pareció oírlo.
-Era lo que se merecía- contestó Gemma-, por lo que te hizo.
-¿Y qué me hizo? ¿Acaso lo que yo decida no es cosa mía?
Estoy harto de oír esta conversación.
-¡Ya basta!- gritó Julián. Y se hizo el silencio, hasta que continuó-. Estoy harto de veros y oíros relatar como marujas. Voy a tener que solucionar yo esto. A ti- dijo señalando a Gemma-, te perdono incondicionalmente. Y a ti- señaló a Ana Belén-, te digo esto: Saldré contigo si me traes el cenicero ¡Lo único que quiero es fumar en mi casa!
Vaya una forma de hacer que alguien salga conmigo.
La cara de Gemma era extrañamente cómica. Tenía la cabeza echada más atrás del cuerpo e inclinada un poco hacía abajo, Julián estaba sentado más bajo que ella, con la boca un poco abierta.
Ana Belén, sin embargo, permanecía serena mirando a Julián de forma inexpresiva. Se levantó y le llevó el cenicero a Julián.
-No quiero que tomes esto como iniciativa a que voy a salir contigo- le dijo Ana Belén mientras se lo entregaba-. Te lo vas a tener que trabajar un poco más, si quieres salir conmigo.
-Eso en mi país se llama orgullo- dijo malamente Julián con la cabeza gacha y el cigarro en la boca para encenderlo.
-Puede ¿Pero tú quieres salir conmigo o sólo lo has dicho para que te de el cenicero?
Julián miró a Gemma:
-Esto es una conversación privada, no sé si te has dado cuenta.
Y que no se te olvide que aunque termine saliendo con tu hermana te sigo y seguiré odiando.
Gemma se levantó y salió de la casa sin decir palabra.
-No lo sé- respondió Julián-. Te podría mentir y decir que lo he hecho para que os callarais. O te podría mentir y que lo he hecho para salir contigo. Ambas cosas podrían ser mentira.
Se hizo un corto silencio roto de nuevo por Julián:
-Y ambas podrían ser verdad.- le dio otra calada al cigarro y elevó la mirada al techo.
Capítulo 16 – A solas.
-¿Y entonces? ¿Qué vas a elegir?
-¿La decisión es mía?
-Se supone ¿No?
-Te cedo la responsabilidad.
-La decisión es tuya- dijo negando con la cabeza.
Julián permaneció un rato en silencio, hasta que acabó preguntando:
-¿Por qué nos ocurre todo esto?- dijo apagando el cigarro.
-Porque tú me odiabas y yo te amaba. Aunque- añadió-, yo me conformaba con la situación que teníamos. Tú me molestabas y yo te lo devolvía.
-Entonces ¿Por qué me besaste?
-Porque me confesé a mi hermana y ella me comió la cabeza- dijo Ana Belén.
-¿Entonces todo es culpa de ella?
-Sí. Lo supo todo desde el principio.
-Ya no recuerdo donde empezó todo esto.
-Yo sí- dijo Ana Belén-. Creo que todo comenzó el mismo día que llegué.
-¡Ah! Sí, es cierto- respondió-. Ya recuerdo.
-No ha pasado tanto tiempo- dijo ella recostándose en la silla.
-Ana Belén- dijo Julián.
-Llámame Belén. Todos lo hacen, tú eres el único que me llama por mi nombre completo.
-Todos te llaman Belén- afirmó para si.
-Así es.
-Pues yo te llamaré Ana- zanjó.
-Está bien, creo que me acostumbraré- dijo Ana Belén sonriendo.
Julián se tumbó completamente en el sofá apoyando la pierna izquierda, la escayolada, en una silla. Con la mano izquierda sintiendo el frío suelo y el brazo derecho en la frente pensó:
Soledad, tenías razón.
-Ana.
-¿Qué?
-Vuelve a besarme.
Ana Belén, sentada, sonrió. Se levantó lentamente de la silla, se arrodilló al lado del sofá y apartando los propios pelos de Julián que le tapaban la vista a su dueño mientras acercaba su cara a la de él, dijo sonriendo:
-¿Por qué debería hacer yo semejante barbarie?
-Pues porque me trajiste el cenicero- dijo Julián sonriendo.
-¿Por esa sola razón? No me parece una razón de peso- contestó lentamente mirándolo a los ojos cada vez más cerca de los suyos.
-Una razón secundaria es que yo también te quiero y que te amo y que te…
Alguien me está besando. Soy feliz. Ya no estoy sólo. Ya puedo vencer a la soledad. Maldita soledad. Huye. Huye ahora mientras puedas. Pues no serías capaz de sobrevivir ahora a mi lado. Te he vencido. Huye. Aunque tenías razón. Bendita seas. Bendita Soledad, ya no te necesito.



Increible. Me lo he leido del tirón, en horas de trabajo por supuesto jajaja. Noto ciertas similitudes entre tú y el protagonista, me ha hecho grácia. Me ha sorprendido el final, ¡¿no ha muerto nadie?!
Comment by Zim — June 9, 2006 @ 8:08 am
Enhorabuena, te ha salido un relato bastante bueno, ya te lo dije. Los fallos también te los dije, como debe de séh!
¿Cuándo le vas a chupar la lengua a Ana Belén? xD
Comment by Nario — June 9, 2006 @ 10:40 am
Hombre, cierta similitud si que hay pero tampoco tanta. En cierto modo, el personaje hace lo que a mí me gustaría hacer pero no puedo o no debo (por ejemplo yo no me voy en la mitad de una clase).
No, no muere nadie por que sinó tendría que hacer una escena en el velatorio y mis amigos (porque yo tengo amigos por mucho que oigas por ahí) podrían ofenderse por experiencias traumáticas que hayan pasado.
Me alegro de que te haya gustado ;)
PD: Trabaja más. xD
Comment by Kran — June 12, 2006 @ 4:23 pm
Ve a un ciber aunke sea para actualizar tio! xD
Comment by Zim — September 27, 2006 @ 4:18 pm
today? It’s 1/12/06 and i don’t knowit
Who are you?
Mi inglés es patético.
Comment by Kran — December 1, 2006 @ 12:17 pm